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Por estallar un conflicto de envergadura en la Cámara de Cuentas

Por Nelson Encarnacion

La conducta que caracteriza el “síndrome de Mundito” en la política y en la vida general de la República ha tenido una raíz genética, la cual se manifiesta en la primera oportunidad que tenemos de que este complejo aflore.

“Si quieres conocer a Mundito, dale un mandito” se señala como advertencia de que no resistimos la tentación de ser autócratas, de no tolerar que, aun en los órganos colegiados, se expresen la opinión contraria, el criterio divergente, la disidencia.

Es que la condición de cabeza de un órgano colegiado nos coloca en la privilegiada situación de actuar conforme el designio de que “aquí se hace lo que yo diga”. Hay evidencias sobradas de que esa conducta es proverbial, cuasi consustancial a nuestra condición humana.

La Cámara de Cuentas es uno de los órganos colegiados donde este talante antropológico se ha puesto de relieve, dando lugar, incluso, a que se le realizara uno de los pocos juicios políticos contra funcionarios electos, directa o indirectamente, en la historia reciente de nuestro país, desencadenado como consecuencia de rebatiñas internas que destaparon una olla de grillos entre sus miembros.

Una puja por el predominio de decisiones se llevó de encuentro a justos y pecadores, cuando el Congreso Nacional—con la Cámara de Diputados en funciones de acusador, y el Senado de la República en rol de juzgador—, no dejó títere con cabeza, como se suele decir.

Las siguientes gestiones del órgano constitucional, es justo resaltarlo, fueron más tranquilas, sosiego que sucumbió en la administración recién pasada.

Sin embargo, en la actual incumbencia está por estallar un conflicto de envergadura similar al que desencadenó el proceso que hemos referido, pues se ha filtrado que la armonía no es precisamente lo que allí prevalece.

Y sería penoso que este órgano extrapoder—que surgió con amplio auspicio por el perfil de los seleccionados—transite por el camino escabroso de los conflictos internos, y que, peor aún, pudiese llegar a las barras del Congreso.

¿Dónde nace el conflicto? Lo que se dice es que el presidente de ese órgano no ha tardado en poner de manifiesto “el síndrome de Mundito”, lo que no permite la armonización de los intereses que como ente individual cada miembro tiene, en una entendible expresión del pensamiento propio de que disponen todos los seres humanos.

Cuando el poder político se decantó por una composición que se correspondiera con el perfil de la finalmente escogida, relegando aspiraciones legítimas de cercanos, lo hizo atendiendo a la demanda generalizada en favor de un órgano sin ataduras.

De modo que resultaría una gran decepción para todos que ese esfuerzo colapsara producto de sus desencuentros.

Nelsonencar10@gmail.com